martes, 15 de julio de 2008

Un pasaje

Y así transcurrimos por este paseo momentáneo
en un intento de sostener sueños y apostolados,
en donde no hay más que nosotros mismos.
En donde existir es un segundo
e intentar ser aquello que se cree
se debe ser o se quisiera ser,
lleva toda una vida;
para morir al final
siendo simplemente,
aquello que se es.
El resto de la obra
queda en el cementerio de marquesinas
en donde yacen los muchos
que decidieron no participar de este paseo
y se cubrieron el ser de personajes
que actuaron por ellos...
En un suicidio silencioso y desapercibido,
pero de seguro el más cruel,
en el que la agonía
dura toda la obra
y no hay lugar
ni a epitafio...

viernes, 13 de junio de 2008

Al hermano poéta de La Patagonia... en su nueva existencia

Hermano Marzio y amigos todos, porque con seguridad lo somos, desde que nos toca compartir a este poeta:

No dejes, querido amigo, al tiempo -ese ilusorio accidente- el balance último de tu destino, o la puntual explicación de tus desconciertos. Más bien, acude al aroma o a la melodía que te llega sin pedirte permiso, para acariciar la dorada cabellera de tu alma. Confía a la avidez de tu piel la prédica sin solemnidades de la vida, deja que palpite en tus venas el caliente vino de la libertad. Entonces, abre tus ojos... Para contemplar esto que Alguien preparó para tí, para la luminosa residencia de tu espíritu. O que tú mismo has preparado para eso, poco importa. Abre otra vez tu ojos y contémplate en esos otros, que también te anhelan...
Tú, que tienes la llave de todos los misterios, no dejes a tus angustias el formular preguntas. Levántate de eso y hazlas tú, aunque sepas las respuestas, aunque sólo sea para solazarte en la maravilla de los universos que habitas. No otra cosa es Amar, y tú lo sabes.
El Cosmos, poeta amigo, cabe absolutamente en la redondez total de una minúscula gota de rocío, eso que acaso, alguna vez, fue lágrima.
Olvídalo, si quieres; también puedes ser insensato. Sea como fuere, tus amigos te estaremos aguardando, con este mismo abrazo.

Carlos McGough, el yorugua anexo

Querido hermano, poeta eterno en las partituras de la música que guía mi alma. Hago éste, mi último envío, en frase que desgarra hasta el aliento. Te llevo y me llevas, nos llevamos puestos. Mientras caiga tinta de esta pluma peregrina, habrás de vivir por siempre, en cada gota, en cada esquirla. En mis batallas tu bandera; y en mis besos el aroma de tu sonrisa. Y cuando de callar toque la quena, beberemos almas andadas en copas de serranías. Habremos de andar, más que lo andado y tanto que amar, más que lo amado. Adiós hermano, siempre delante de mis pasos, preparando el lecho donde descansarán las almas cansadas. En la próxima parada, beberemos compartiendo los trazos, de las viejas andadas.

Tu hermano eterno

Marzio Girola




jueves, 8 de mayo de 2008

Compañera de degustaciones

Digamos que las grandes fiestas, a pesar de su exuberante oferta de manjares (no poca cosa, para tan golosa dama) no eran algo que la entusiasmara. La gente se portaba de manera muy impredecible y le molestaba tener que estar siempre alerta. Si tuviera que apresurar una opinión, diría que le tenían asco. No se podía sentir culpable de que la naturaleza se hubiese olvidado de ella a la hora de repartir belleza; además, en estas fiestas se encontraban especímenes de todo tipo y calibre, podía haber pasado inadvertida. Pero lo cierto era que la gente la despreciaba.

Su madre solía decirle al respecto:

_Y bueno querida, debes hacer lo que todos hacen. Come y regresa a casa. Tal vez no tengas la gracia de una mariposa, pero tampoco picas como el mosquito.

Ella no estaba muy de acuerdo con las comparaciones de su madre, pero no podía exigir mucho a una mujer que vivió toda una vida de intenso trabajo, con la única y gran preocupación de alimentarse ella y a su familia; así que no emitía mayores comentarios al respecto.

Yo estaba invitado a aquella fiesta, y al aproximarme a la mesa, la vi en un rincón, junto a quién supuse era su madre. Quedé por un tiempo observándola, y sentí que compartíamos la misma sensación. No nos sentíamos parte de esa multitud. Logró así aislarme y sumergirme en otro universo. En otra dimensión, dónde los objetos y las personas cambiaban de tamaño y perdían su forma habitual. Las imágenes se multiplicaban, así como las sensaciones. Nos miramos fijamente y comencé a seguirla. Me percaté que era una conocedora de la buena cocina. Iba de una bandeja a la otra, pero manteniendo un orden determinado y cada bocado que elegía parecía haberlo previamente leído en mi mente. Yo habría elegido exactamente lo mismo. Observándola me di cuenta, que tal vez sus modales no eran los más adecuados para comer en público y que probablemente fuera ese el motivo por el cual causaba tanta repulsión. Pero generalmente en este tipo de fiestas, los modales de las personas dejan mucho que desear. Además, estaban todos tan inmersos en sus relaciones públicas, por lo que nadie se percataba de mi acompañante.

La velada transcurrió en silencio. No había nada de que hablar; no se podía, y menos aún con la boca llena. Nos dedicamos a degustar casi todos los platos. Compañera golosa si la hubiera, pero muy selectiva.

En un borde de la mesa se detuvo para tomar un respiro, cuando de la nada, surgió una servilleta con forma de garrote que impactó sobre ella como un meteorito. Y se escuchó la voz del aquel gordito, victorioso...: _¡Pácate, otra mosca menos!

Aquella noche de remolinos...

La noche caía a pedazos, sobre la tarde que agonizaba encima de las tupidas acacias, aburridas de verme defraudando a mis dos piernas, que al igual que dos columnas del Partenón, yacían desde el mediodía apoyadas contra una silla, bajo la mesa.

Solo el pasaje de alguna brisa de otoño, que se entrelazaba entre ellas, las hacía sacudirse ocasionalmente. Habían perdido prácticamente razón de ser… de existir. No había lugar a donde ir, ya que todo estaba allí sobre esa mesa, dentro de esa cocina. El Universo físico y empírico, en su totalidad, era aquella mesa. Lo demás, era el éter.

Una mesa redonda de pino, lustrada en tinta clara, cuyas vetas se convertían en renglones de cuadernos escritos hacía ya un tiempo, durante décadas de viajes cósmicos. Siglos de escucha infatigables, de laberintos de preguntas y acertijos, que se revolvían en un caldero de sensaciones, memorias, sentimientos y conocimientos; macerando lentamente esta pócima artífice del génesis de mi identidad.

No había existido lo anecdótico, lo banal, lo superfluo, lo desechable. Hasta la mosca en el vaso y la gota de lluvia en el vidrio del reloj; todo era un conjunto de notas imprescindibles para esta sinfonía que había comenzado y que había sido escrita, quién sabe cómo, en lo más recóndito de las nebulosas de mi ser. Había estado no sé cuanto tiempo ni de cuál dimensión, recogiendo flores, que hoy semillas pujaban por germinar.

En lo que pareció un sarpullido atómico, comenzaron a brotar entre mis manos, raíces por doquier. De mi garganta y por todos los poros de mi piel. El estallido fue tal, que se asomó la Luna a verme, tímida, protegiéndose tras la penumbra del ocaso. Me sonrió... Me mostró su larga cabellera negra, adornada de polvo de oro, plata y esmeraldas. Y montando un cometa se marchó a buscar al Sol, para que diera energía vital a los brotes de mi alma.

¡Brotaban..! Una tras otra, las semillas iban gestando brazos que se estiraban en busca de la luz, que no demoraría en aparecer.

El Sol me encontró dormido. La mejilla sobre mi mano casi incrustada dentro de la tapa mesa. La puerta abierta, el mate frío y la ropa de ayer, aún puesta.

Mirando desconfiado me preguntó: _¿ Quién eres?_

_¡Soy yo! _ Exclamé, encandilado por su presencia.-

_Diferente te siento, y por mi resplandor no te veo._ -Y se elevó un poco más, para observarme mejor. Y entrecerrando un ojo, volvió a preguntar: _¿ Y quien soy yo.?

_Eres el Sol-itario generador de vida. Vinculado a la Sol-edad, por estar siempre Sol-o. Y es que, Sol-amente puedes generar vida, en tu Sol-itario espacio. Sol-emne siempre serás. Sol-úble en el frío y en la oscuridad, Sol-tando colóres por doquier. Sol-ucionas la incertidumbre de la noche, mostrando los caminos al amanecer. Por amor a la vida, Sol-icitaré por siempre, tu amistad.

_¡Eres tú! - Exclamó riendo.

Entibió mi rostro con un beso de abuelo, se alzó con inclinación de otoño y prosiguió su rutina diaria.., cantando.